La sección inglesa

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Al principio empecé a nombrarla como un lugar del cerebro: lóbulo occipital, lóbulo parietal, cerebelo, sección inglesa, pero como su corporalidad se hizo cada vez más evidente, al tiempo, empecé a explicarla como un cuadrante móvil, la mira de un arma que apunta al cerebro, los pulmones, incluso el estómago, y que va de izquierda a derecha como si moviera el balance del amplificador.

Lo malo de contarla es que empezaban las preguntas. Y por regla, las preguntas son siempre molestas. “¿Sólo música?” “¿Por qué sólo música?”, escuchaba en modo insistente. “¿Por qué no Dickens, Carroll, Swift, o incluso Borges?” Buen punto. Borges tiene todo para que lo dejemos adentro, salvo por un pequeño asunto. Había decidido que la literatura no formaría parte de la sección inglesa. Este equívoco nos dio un buen dato: la pertenencia geográfica no es un punto de partida para definirla. Si fuera por eso, los Rolling Stones, John Mayall, Eric Clapton o Jamiroquai deberían formar parte de ella.

Hice un simple experimento. Elegí una canción al azar de alguno de ellos –todos técnicamente muy respetables–, para definir los límites de la sección inglesa. Disfracé de desafío metodológico lo que fue un simple capricho: hacer que una canción, un artista, hable por todos. No tenía sentido buscar al más representativo, ni la canción supuestamente más brit, ni la que les diera definitivamente el pasaporte a la sección inglesa. El hilo se corta por lo más fino, y la sección inglesa también.

Cualquiera que tuviera alcurnia rockera, respetaría el orden de planteado arriba, y hubiera elegido cualquier gran canción de los Rolling Stones como Sister morphine, Heaven o Wild horses. Nunca habría descartado grandes canciones de Mayall y Clapton, que seguramente las tienen. Incluso podemos enumerar grandes guitarras en la sección inglesa. David Gilmour, Robert Smith, Noel Gallagher. Buena parte de la sección inglesa se corta con el filo de las cuerdas de una guitarra Fender.

Así que decidí hacer esta delicada prueba de filiación con un ADN que tenía a mano: Feels so good, de Jamiroquai, una bonita página musical creada por Jay Kay, aquel que supo confundirnos por un tiempito con su voz de negra soulera, pero que gracias a sus borracheras antológicas logró que lo consideremos para la sección inglesa, espacio que se alimenta con alcohol y alcaloides.

Feels so good empieza bien: un goteo tecno, como si hubiera dejado abierta la canilla del sintetizador Roland mientras buscaba algo en el backyard de su casa en Chelsea, Londres. Casi una declaración de principios, el chisporroteo del sintetizador parecía dar pie a una nueva etapa Quai en la cual la música disco podría quedar definitivamente atrás en la historia de la banda, y abrir paso a un uso del teclado más brit pop, como si en esos días, Jay Kay hubiera decidido volver a las fuentes de las que nunca había abrevado.

Pasaron 0:24 segundos de la canción. La canilla tecno sigue goteando y el avión amaga despegar hacia el definitivo sonido del nuevo Quai produciendo el vértigo del Evatest… Pero cinco segundos más tarde vuelve el disco con toda su potencia de falso bajo fretless, guitarra rítmica y plato Zildjian marcando el ritmo. Vuelve el disco globalizado; el que pueden tocar los IKV y Willy Crook, miembros de honor de la Patria Soulera – donde Jay Kay vivirá por siempre– que lo trae a nosotros con su imaginario de conquista aeroespacial y llanero solitario del cosmos.

“Feels good

I’m stranded on a spaceship hideaway

and something makes me think I’m here to stay

I’m so happy where I am

Feels good.”

En su viaje temporal al universo paralelo del Stanley Kubrik de 2001, Odisea en el espacio, Jay Kay lleva a su tribu Quai a un viaje de introspectividad instantánea: “Se siente bien. Estoy varado en mi nave espacial, muy lejos, y algo me hace sentir que estoy donde debo estar. Estoy muy feliz donde estoy. Se siente bien.” Hasta acá, nada del trauma enfermizo que marca a la sección inglesa para Pink Floyd, The Who o The Cure. Su discurso de autoayuda sirve para justificar por qué hace lo que ya está hecho. Recorre el camino seguro, que para él siempre tiene un happy ending con autos de lujo, naves espaciales, buenas coreografías de un solo bailarín, groove eterno y letras que descubren nuestro maravilloso mundo, siempre que lo miremos desde lejos en nuestra nave intergaláctica equipada con salón de fumadores de porro.

El camino de la seguridad no va en nada con el dolorido espíritu de la sección inglesa, que tiene un paisaje de bruma, vista corta y grito hondo en Pink Floyd, y poca felicidad beatle, tempranamente empañada por Revolución 9, con su empalagoso y críptico locutor afrancesado.

Por historia, la sección es exploratoria y apropiadora, algo que bien supieron los sociólogos dedicados a los estudios culturales, que cerraban la brecha entre alta cultura y cultura popular tomando como objeto de estudio a esta última. Led Zeppelin hizo su viaje iniciático a Jamaica sin moverse de Leeds, donde Robert Plant, Jimmy Page, John Bonham y un improbable John Paul Jones, escucharon el reggae que trajeron desde el barrio/islita caribeña al centro del mundo cultural y lo tradujeron a la cultura rock masiva con D`yer mak`er.

Mientras tanto, Raymond Williams escribía sus Palabras clave para que todos nos pongamos de acuerdo de qué hablamos cuando hablamos de cultura, Madness jugaba a la conquista de géneros agregándole trombones y saxos al reggae en su variante ska, mientras Sting hacía lo propio con The Police y luego escapaba con una brillosa y parisina versión hacia el jazz.

Por izquierda definen a la sección inglesa como un colonialismo cerebral de lo más cerril, entreguista y cipayo, creado en la década infame del rock, es decir en los 80. Una especie de Invasión musical 88, que agarró el punkie del 77, el grito histérico de Sex Pistols cuando Johnny Rotten se manda el speech final de Holydays in the sun y lo recicló con el trash noventoso de los nuevos sujetos sociales surgidos de Conurbania, el extenso baldío arrasado que ahora sirve de laboratorio de pruebas para los antropólogos que se criaron leyendo a Stuart Hall, y hurgan en la cumbia villera para encontrar lo negro en la cultura popular.

En pocos lugares como en la sección inglesa, el trauma adolescente es tan bien comprendido y luego convertido en digno producto de la industria cultural. No hay recelos hacia quienes se expresan con violencia contra el sistema educativo, la aparente inmovilidad de la clase trabajadora, o la imposibilidad de ser dueño en una tierra donde todo, absolutamente todo, es de la Reina Madre.

Y si no es trauma ligado a guerras, depresiones, pobreza –siempre expresado hondamente– es aburrimiento fatal, pérdida de sentido, furor contra el sistema, cantado con el dolor de la imposibilidad en bellos discos. Los inventores del mercado dan un espacio a la rebelión, que luego será prolijamente envasada, distribuida y franquiciada para consumo universal mientras nos siguen corriendo por izquierda los estructurados-estructurantes de la soberbia France bourdiana.

Lo que no ven es que la sección inglesa no es contemporánea. Filosóficamente es neo retro posmoderna, va y viene por los tiempos sociales en forma desestructurada, un poco flow y a la vez pesada, pero nunca heavy metal. Su límite es el pasado, representado en un bosque con tréboles de cuatro hojas, duendes, gaitas, Enya, Loreena McKennitt y The Cranberries; donde todo es verde musgo, con lirismos y épica salidos del sentir gagá-orquestal-metalero de Rick Wakeman o Bruce Dickinson.

Quizás mucha teorización para algo nuevo, que arrancó hace apenas cincuenta años; que es bastante inasible, caprichoso, y que puede tener lugares de entrada tan disímiles como el grito profundo de Pink Floyd; el pop reventadito de Blur; el dolorcito sexy de The Cure; el himno de rebelión pacífica The Verve; The Clash todo The Clash; la entrada triunfal a Londres de Iggy Pop; o la sensual la tristeza de Lullaby of clubland en Everything but the girl cuando nos pregunta a todos pero sintiendo que nos habla a cada uno: Are you on your own?




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