La cultura del remix (*)

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La revocación del fallo que daba como ganadora del premio La Nación Sudamericana 2006 a la novela a Bolivia Construcciones, del periodista Sergio Di Nucci, despertó una cruda polémica entre periodistas de cultura y escritores, pero las discusiones apenas rozaron el tema más importante: la nueva problemática contemporánea que representa la cultura del remix.

El artículo “Homenajes, copias e inspiraciones”, publicado el domingo 11 de febrero de 2007 por Maximiliano Tomas, editor del suplemento cultural del semanario Perfil, se acerca un poco a la cuestión: “En la música, por ejemplo: con un par de loops o cambios de tono, con la mera repetición de una estrofa fuera de tiempo, los críticos especializados hablan de remixes. En el cine, si un director filma exactamente la misma película pero reemplaza el reparto –La gran estafa, El quinteto de la muerte, Casino Royale–, se habla de remakes y se factura, eso sí, como si fuera la primera vez. En las artes plásticas la práctica está más difundida: la reproducción de una obra original por otros medios no sólo se exhibe sino que se celebra como un guiño de intertextualidad. ¿Por qué esa misma indulgencia se le suele negar, con obstinación, a la palabra escrita?”.

Es cierto que en la música tecno está bastante aceptado que un DJ utilice partes de canciones preexistentes para componer un remix propio. Incluso las re versiones de temas ajenos son cada días más comunes. En artes plásticas, muchos artistas recrean obras anteriores, pero en estos casos –sin importar si el resultado nos gusta, o si podemos considerarlo arte o producto cultural– estamos hablando de una nueva obra. Cuando los directores hacen la remake de una película, no utilizan las imágenes del original.

Pero cuando un escritor copia páginas enteras de un libro, cambiando apenas algunas circunstancias y un par de nombres propios –estamos parafraseando a Borges– no cabe ninguna duda que se trata de un plagio. Ninguna recreación, homenaje o cita, puede incluir la copia textual de un original, sin al menos darle un aviso claro al lector.

Esto, que debería ser de común acuerdo para la comunidad de periodistas y escritores que a través de sitios y blogs opinaron sobre el tema, aún merece una discusión más profunda. Por eso es interesante el artículo de Tomas, que se dedicó con vehemencia a atacar a los que encuentran plagios en las obras. “Lo que causa escozor, a decir verdad, es la imparable voluntad de pesquisa y delación que parece extenderse como un virus. Como si la literatura necesitara de una cohorte de guardianes de cierto honor intangible. Como si necesitara de una fuerza de policía propia”, escribió el responsable de la columna semanal, curiosamente llamada Asuntos Internos.

Como sucede con las fuerzas de seguridad, el mundo de los escritores tampoco admite delaciones. Por eso elige enjuiciar a los supuestos soplones. Pero se pierde lo más interesante: tratar de entender por qué atravesamos una época en la cual la cultura del remix parece haber remplazado a la lógica de creación original.

 

(*Montaje hecho con la tapa del libro Bolivia Construcciones, de Sergio Di Nucci)

 

Argentina Premium

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Hay un acuerdo implícito entre empresarios periodísticos y lectores: que Argentina es un país Premium.

Cualquiera puede comprobarlo al hojear cuanta revista se venda por kioscos, ya sea de información general, política, diseño, tendencias urbanas. Todas, indefectiblemente, tienen una sección llamada Vidriera que se dedica a mostrar a la gente exitosa del momento –modelos, deportistas, actores o nuevos personajes que responden a la imprecisa categoría de mediáticos–, posando felices en el lanzamiento de nuevas gaseosas, celulares ultramodernos o desfiles de ropa. Por poner el cuerpo y su capacidad de ser eternamente elegibles por los editores de las revistas, cobran un buen dinero, y además reciben los productos que promocionan.

Más interesante es mirar las producciones de moda. Como la crisis de 2001 ya parece un cuento de otro siglo para muchos argentinos, la vuelta del esplendor y la ostentación dejó de ser patrimonio exclusivo de la década del 90, y hoy forma parte de la cultura contemporánea. Los precios de la ropa y los objetos de diseño que promueven las revistas no parecen muy accesibles para el empobrecido bolsillo de los lectores, que cada día compran menos revistas, según se quejan en las empresas periodísticas.

Al igual que sucede en los restaurantes de Palermo y Las Cañitas, que cocinan manjares exóticos para quienes pueden pagarlo, los medios se dirigen al público masivo con una oferta de productos y servicios algo sobredimensionada en términos de precio y accesibilidad. Por lo cual tenemos una rara paradoja en el país que durante décadas, supo cosechar lectores como trigo: los medios hoy se cierran sobre sí, pensando que la salvación provendrá de su público Premium.

La audiencia, por su parte, no sólo deja de comprar revistas sino que se vuelca hacia nuevos medios, en apariencia gratuitos, como la televisión e Internet. Pero la lectura mediática de las revistas de actualidad sigue dando resultados en términos de rating, y esa costumbre se trasladó a escenas cotidianas. Las amigas se juntan a leer Caras y Gente, o hacen excursiones a la peluquería, donde se enteran de las últimas novedades del mundo del espectáculo y la farándula. Un chiste que por repetido pierde gracia, pero no efectividad. El humor permite sobrellevar la presión que ejercen los medios para convertir a su audiencia en consumidores de ropa sofisticada, tratamientos corporales, viajes o joyas diseño.

La Argentina Premium, recurso de ejemplificación y educación de las empresas periodísticas, está basada en variables como la belleza –siempre lograda con paz interior– y la capacidad de consumo, obtenida por medios lícitos, como demuestran los ricos y famosos de la historia económica argentina.

Un ascenso económico repentino, una empresa exitosa gracias a las prebendas gubernamentales, o millones obtenidos por corrupción, nos proveen de la cuota necesaria de nuevos ricos y famosos que necesitan las empresas periodísticas para seguir sobreviviendo.

Esto no es ajeno a lo que pasa en el mundo, ni los medios argentinos son una excepción a la regla global de venta de contenidos periodísticos. Pero en nuestro contexto, la Argentina Premium funciona como una fórmula de segregación que iguala a todos bajo el mismo denominador común: su capacidad para el consumo.

(Montaje hecho usando la tapa de revista D-Mode, edición 98)